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El nuevo CNA

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Por: Edmundo Orellana

Catedrático universitario

 El Consejo Nacional Anticorrupción, hasta hace poco una organización cuestionada, ha logrado, en pocos meses, lo que en décadas los organismos estatales de control y de investigación fueron incapaces de alcanzar.
Las instituciones que integran el CNA son las mismas y siguen lideradas por los mismos. Lo que ha cambiado es la persona que lo dirige. La abogada Gabriela Castellanos -cuya capacidad profesional e integridad personal es ampliamente conocida en el mundo de las ONGs- ha logrado transformar una entidad que parecía condenada a caer en los más profundos fosos de la podredumbre. A ella la acompaña un grupo de profesionales decididos a seguir sus pasos.

 Esa metamorfosis operó a la inversa de la que sufrió el kafkiano Samsa. Aquella entidad desfigurada por las grotescas irregularidades de sus ejecutivos, convertida en una pesada carga para el presupuesto nacional, de súbito, ante la sorpresa de todos, se liberó del repugnante caparazón que la tenía atrapada entre las mezquindades y cobardías de quienes desistieron de cumplir su deber y cedieron ante la tentación de emular a quienes perseguían. A partir de ese momento, el país comenzó a sufrir un proceso metamórfico que lo ha llevado a convertirse en el escenario de acontecimientos alucinantes.

 El nuevo CNA no solo arremete contra la corrupción. Eso lo hacen, muy cómodamente, todas las organizaciones de la sociedad civil y del Estado desde hace mucho. Lo inédito y sorprendente es que arremete también contra los corruptos. Gracias a sus acciones podríamos dejar atrás para siempre el país de la corrupción sin corruptos, adoptando uno nuevo. El país en el que la corrupción tiene rostro porque los corruptos tienen nombre y apellido.
El CNA vino a sustituir, en pocos meses y con acciones masivas, las instituciones contraloras y de investigación del Estado. Incapaces de procesar diligentemente la información que les remiten, esas instituciones lucen atragantadas, balbuceantes y vacilantes.

 Los resultados del CNA tuvieron eco, empero. Pero el fiscal que valientemente asumió el reto, denunció públicamente el acoso que sufría de sus superiores por las denuncias en su contra de los que hoy están presos o siendo buscados por interpol y que apenas ayer eran autoridades de influencia en el país, escuchados solícitamente por los que hoy, a regañadientes, dicen sumarse al proceso metamórfico impulsado desde el CNA.

 Su acción reivindicadora de la dignidad nacional no se ha limitado al IHSS. Hay otras entidades públicas en la mira del nuevo CNA. Es cierto que se basa en los informes de las comisiones investigadoras, lo que según algunos resta mérito a sus acciones. En esto radica su mérito, sin embargo. En presionar a las entidades contraloras e investigadoras para que utilicen esos informes, cuyos titulares, hasta hace poco, archivaban sin rubor alguno, faltando al juramento prestado al asumir el cargo, violando sus deberes más elementales y contribuyendo al fortalecimiento del sistema de impunidad.

 Para mayor credibilidad, sin embargo, es necesario que también la emprendan contra las cuestionadas administraciones pasadas del CNA, porque son de los hondureños los recursos que dilapidaron.

 El CNA es un palmario ejemplo de que las instituciones corroídas por la corrupción pueden rescatarse y operar diligente y eficientemente. La fórmula es sencilla. Se trata de seleccionar a las personas que, además de capaces, estén dispuestas a entregarse con firme voluntad en brazos del deber. ¿Cuánto durará esta valiente gestión? En eso radica su debilidad, justamente. Su permanencia depende de aquellos que callaron ante los desatinos de las administraciones del pasado y que hoy, por su medio, buscan purgar sus pecados.

 

 

 




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